The Smoke is Me, Burning: C.A. Blintzios Sets Fire to Trauma and Dances Around the Flames

The Smoke is Me, Burning book cover

Note from the Editor:
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Traducido al Español por Devora Barrera González
Translated into Spanish by Devora Barrera González


 

I can recall my childhood in the Texas hill country, miles removed from anything, in what felt like total isolation from the rest of the world. Out there in the expanse of rolling hills pushing up a sea of trees, alone meant alone. I spent my formative years watching the scolding sun trade places with the moon, the last remaining colors of the sun’s palette in the sky eclipsed by the night. I can recall standing in the wide openness, drenched in the nights that were so black that I couldn’t see my feet, much less what was in front of me, listening with a seized heart to the eerie sounds produced by the obfuscated shadows of whatever dared to come out and prowl under the cloak of the pitch black nothing. In my rural community, one so small it never felt any bigger than a postage stamp, we had our own stories about what lived in the night, in the trees, in those places that we were too chicken to see with our own eyes. These stories were like the rust that seemed to cover every surface of my town: so ingrained in our culture that they eventually began to feel less like local lore and more like chronicles. Likewise, what began as scary sleepover stories and lunchroom gossip evolved into warnings, and “don’t go out there” became an instruction, not a suggestion. It got to the point that, when branches scratched on my window at night, I was never sure if it was a tree—but I never had the courage to affirm that it was. 

The Smoke is Me, Burning feels much like those legends that the citizens of my town and I told each other. The novel sizzles and cracks like a campfire tale, leaving its listeners breathless, and injecting an ice so impenetrable into their veins that not even the most biting whiskey could melt it away. It tells the story of two brothers, Jamie and Blake, growing up in a part of the Ozarks that, like roadkill, the rest of the world has seemed to have turned its back on and forgotten about—a mere stain on the map of existence. While left to their own devices one day in the woods outside their home, Jamie accidentally blinds Blake in one eye with a stick. The boys are eventually divided as Blake flees the Ozarks, leaving Jamie behind with their alcoholic mother, their uncle driven mad by the Vietnam War, and his own repressed queerness—supporting characters so richly imagined that you can practically smell the mud of the Ozark mountains on their shoes. What results from the boys’ separation is the novel’s razor-sharp study of the effects of trauma as the boys’ own personal horrors, both real and imagined, past and present, seep inside and take hold of them in uniquely destructive ways, therein setting ablaze the illusory notion that home is a place and a mentality that can be left behind. And like the threshold that divides the darkness of the woods from the safety of the light, the novel’s meditation on psychological and emotional horror succeeds in blurring the lines between legend and truth, monsters and men, even life and death.  

But this exploration into the darkest, most horrific corners of the mind becomes just one of the many salient techniques of Blintzios’s novel. While the diegesis of the novel leaves you lightheaded from its dizzying pace (there is truly never a dull moment to be found here), it’s the language with which Blintzios’s has constructed the novel that is truly remarkable. Indeed, what transpires when you first open the book and become ensnared by the novel’s prose is a feeling that you are holding something remarkable in your hands, something truly unique, almost otherworldly. Blintzios’s enviable economy of language conjures an utterly heart-stopping, breathtaking sensation discovered in the rarest of reading experiences, typically found in pantheon writers like Toni Morrison and Ocean Vuong. 

But while deft in its ability to be poised somewhere between the binaries of the prosaic and the poetic, Blintzios’s voice is both the novel’s blessing and its curse. The power of Blintzios’s writing is such that it shrouds the novel in a uniform intonation, and though I never tired of the novel’s linguistic musicality, there reached a point where characters, regardless of whether they were written in first or third person, and settings all melded together, often creating one continuous note where I wanted a polyphony.

Despite my critique, The Smoke is Me, Burning is truly a literary feast, and there is much for readers to gorge themselves on. Early on in the novel, Blake reflects on his affection for a particular passage from E.L. Doctorow’s novel Ragtime, gushing “I read the paragraph over and over again to the point where I could taste it. The language devoured me.” This is precisely what reading Blintzios’s novel feels like. It is ravenous in its determination to consume its reader, to lick their bones clean with each spellbinding sentence that leaps off the page with an almost feral energy. In the case of The Smoke is Me, Burning, I, like Blake, delight in being consumed by Blintzios’s skillfully written novel, and I am left eager for more from this tremendous talented new writer. 


El humo, soy yo quemándose: C.A. Blintzios le prende fuego al trauma y baila alrededor de las flamas

Recuerdo mi infancia en el condado de Texas Hill, a millas de todo, se sentía como aislamiento total del resto del mundo. Ahí en la extensión de las sierras en medio de un mar de árboles, Estar sólo significaba, de verdad solo. Pasé mis años formativos observando al sol cambiar lugares con la luna, los colores de la paleta del sol en el cielo eclipsados con la noche. Recuerdo estar en medio de la nada, inmerso en las noches que eran tan oscuras que no podía ver mis propios pies, mucho menos lo que había frente a mi, con un corazón empoderado los sonidos misteriosos creados por las ofuscadas sombras de lo que fuera que se atreviera a salir y rondar la negra nada. En mi comunidad rural, que era tan pequeña que nunca pareció más grande que un timbre postal, teníamos nuestras propias historias sobre qué era lo que vivía de noche en los árboles y en aquellos lugares que no nos atrevíamos a ver con nuestros propios ojos. Estas historias estaban tan corroídas que parecían cubrir cada superficie de mi pueblo: tan arraigadas en nuestra cultura que eventualmente parecen  historias locales y más crónicas. Asímismo, lo que inició como una historia de terror antes de dormir y chisme a la hora del almuerzo, se convirtió en advertencias, y ¨no vayas allí¨se convirtió en una orden en lugar de un consejo. Llegó al punto de que cuando las ramas arañaban mi ventana por la noche, nunca estuve seguro de que fuera un árbol – pero nunca tuve el coraje de confirmar si lo era.

El humo soy yo, quemándose se parece mucho a las leyendas que los residentes de mi pueblo y yo nos contábamos. La novela susurra y truena como una historia de fogata dejando a quellos que la escuchan sin aliento, inyectando un hielo impenetrable en sus venas que ni el whisky más fuerte puede derretir. Cuenta la historia de dos hermanos, Jamie y Blake, que crecieron en una parte de Ozarks, que al igual que las muertes por atropellamientos, el resto del mundo parecen haberle dado la espalda y olvidado de ello – una mera mancha en el mapa de la existencia. Un día se encuentran en el bosque lejos de casa y Jamie accidentalmente cega a Blake con una vara en su ojo. Los hermanos eventualmente se ven divididos, Blake se va de Ozarks y deja a Jamie atrás con su madre alcohólica, su tío vuelto loco por la guerra de Vietnam y su homosexualidad suprimida – los personajes secundarios están imaginados tan enloquecidamente que puedes oler el lodo de las montañas de Ozark en sus zapatos. Lo que termina siendo de la separación de los chicos es el filoso estudio de los efectos del trauma de los horrores personales de cada uno de ellos, ambos reales e imaginados, pasados y presentes, se filtran y toman control de ellos en formas únicas y destructivas, así encendiendo la ilusoria noción de que su hogar es un lugar y mentalidad que puede dejarse atrás. Y como el límite que dividela oscuridad del bosque de la seguridad de la luz, la meditación de la novela en el horror emocional y psicológico tiene éxito en hacer borrosas las líneas entre leyenda y verdad , monstruos y hombres, incluso la vida y la muerte.

Pero esta exploración de los lugares más oscuras y terroríficas de la mente es sólo una de las muchas destacadas técnicas de la novela de Blintzio. Mientras la diégesis de la novela te deja mareado por su ritmo (de verdad no hay un sólo momento aburrido), es el lenguaje con el que Blintzio ha construído la novela lo que es realmente extraordinario. De hecho, lo que transpira cuando abres el libro por primera vez y la novela te atrapa su prosa es un sentimiento de que tienes en tus manos algo extraordinario, algo realmente único, casi de otro mundo. La envidiable economía del lenguaje de Blintizio combina una absoluta vertiginosa y asombrosa sensación descubierta en las más raras sensaciones al leer, usualmente encontradas en escritores panteón como Toni Morrison y Ocean Voung.

Pero mientras es ágil en su habilidad de tener a alguien entre los binarios de la prosa y la poesía, las voces de Blintzio es ambas, su bendición y su maldición. El poder de Blitnzio al escribir es tanto que envuelve la novela en una entonación uniforme, y a pesar de que yo nunca me cansé de la lingüística musical de la novela, llegué a un punto donde los personajes, independientemente de que fueran escritos en primera o tercera persona, las escenas se fundieron, creando una continua nota donde yo quería una polifonía.

A pesar de mi crítica, El humo soy yo, quemándome es realmente un banquete literario y hay mucho que los lectores pueden devorar. Al principio en la novela, Blake reflexiona efusivamente sobre la afección que tiene a un pasaje de la novela Ragtime de E.L. Doctorwow, ¨leo el párrafo una y otra vez hasta llegar al punto donde podría saborearlo. El lenguaje me ha devorado.¨ Y precisamente esto es lo que se siente al leer la novela de Blintzio. La novela es voraz en su determinación de consumir al lector, de lamer sus huesos hasta dejarlos limpios con cada fascinante oración que sobresalta de las páginas con energía salvaje. En el caso de El humo soy yo, quemándome, yo, al igual que Blake, me deleito en ser consumido por la novela hábilmente escrita por Blintzio, y me he quedado con ganas de más contenido de este nuevo e increíblemente talentoso escritor.