On Archives and Authorship: Lee Kravetz’s The Last Confessions of Sylvia P.

Book cover of 'Last Confessions of Sylvia P'

Note from the Editor:
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Traducido al Español por Devora Barrera González
Translated into Spanish by Devora Barrera González


My first encounter with Plath was reading The Bell Jar and Ariel at 16 (and again at 24 and 28 and 31). The appeal of Plath’s writing has always been undeniable to me, if difficult to articulate precisely. Revisiting Plath’s world and witnessing her honesty and vulnerability on the page always leaves me feeling as though I am being let in on a secret, a private revelation of her innermost ambitions and anxieties. Lee Kravetz’s debut novel1, The Last Confessions of Sylvia P., is populated by characters who similarly find themselves drawn to Plath as a person, albeit in ways that are often destructive to themselves and others. 

Confessions are currency in The Last Confessions of Sylvia P. Throughout the book Kravetz seamlessly blends fact and fiction in order to bring readers right up to the periphery of the impenetrable world of Sylvia Plath. The novel opens with a discovery: a collection of notebooks embossed with the initials “V.L.” which appear to contain a handwritten draft of Sylvia Plath’s most prominent work of prose, The Bell Jar. As the present-day chapters of the novel track the mystery of the unearthed manuscript through the perspective of Estee, an auction house curator, storylines set in 1953 and 1958 follow Plath’s doctor at McLean psychiatric hospital, Dr. Ruth Barnhouse, and Plath’s classmate and fellow poet, Boston Rhodes, respectively. Contributing to the archival nature of the novel, the chapters set in the 1950s are written in an epistolary style, consisting of portions of Dr. Barnhouse’s journals and Boston Rhodes’s confessional letter to her writing professor. Kravetz weaves the three narratives deftly, dividing the novel into “stanzas” rather than chapters and giving each character’s uniquely differentiated voice and perspective equal weight.

Readers familiar with Plath’s biography2 will recognize character names throughout the novel as Kravetz fictionalizes the all-too-real past: Dick Norton (the inspiration for The Bell Jar’s Buddy Willard), Plath’s mother Aurelia, and Ted Hughes (Plath’s embattled husband) all appear on the page. As for the fictional character version of Plath herself, Kravetz treats her respectfully with a light touch: she is neither sensationalized nor a spectacle. Sylvia remains the enigmatic, ambitious poet, torn between a life of domesticity and a life of writing. 

Positioning Plath’s character on the margins of the novel’s narrative is not just an appropriate choice, but a necessary one. She is often the topic of conversation and only occasionally the one doing the conversing. This tactic acknowledges her status as a literary celebrity without running the risk of mischaracterizing her private persona. In The Bell Jar, Plath transformed her real life into literature: her own experiences are only thinly veiled on the page. This—and the confessional nature of her poetry—had the effect of intertwining her writing inextricably with her own life. Readers of Plath’s work may feel as though they know her personally though they do not. Kravetz mirrors this dynamic in his novel: the three protagonists are all attempting in their own ways to understand Sylvia—be it to compete with her, to help her, or to piece together her past. In the end, however, they are left with only fragments of her and projections of themselves. 

While Plath’s prose is the focal point of the novel’s present-day narrative, it is poetry that drives the plot of the past. Dr. Barnhouse observes Sylvia’s creative process throughout her hospitalization and treatment and Boston Rhodes serves as classmate and competitor. The novel contains numerous excerpts from the fictional Rhodes’s poetry, which infuse the prose with a crucial lyricism, befitting an exploration of confessional writing. Lines such as: “History and one’s past are like lovers. Both are liars,” invoke and subtextually comment upon and immortalize the legacy of Plath. 

The Last Confessions of Sylvia P. is, at its heart, a mystery. However, The Bell Jar manuscript is but a smokescreen for the true puzzle of the interwoven lives of the novel’s three narrators and the ways in which Sylvia Plath influenced them all through her presence and through her poetry. The novel stands not just for the monetary value we place on an artist’s fictional creation, but for the unquantifiable value in the nonfictional source of that creation: to create is—ultimately—to confess.  


En archivos y la profesión de escritor: Las últimas confesiones de Sylvia P. por Lee Kravetz

Mi primer encuentra con Plath se dió leyendo La Campana de Cristal y Ariel a los 16 años (y de nuevo a los 24, 28 y 31). Siempre he estado atraido a la forma de escribir de Plath, no lo puedo negar, es difícil articular precisamente porqué. Al revisitar el mundo de Plath soy testigo de la honestidad y vulnerabilidad que ella plasma en las páginas, que siempre me dejan sintiendo como si me ha confiado un secreto o una revelación privada de sus más íntimas ambiciones y ansiedades. La novela debut de Lee Kravetz3, Las últimas confesiones de Sylvia P., está poblado por personajes que se encuentran atraídos hacia Plath como persona de formas similares, aunque en formas que son comunmente destructivas para ellos mismos y los demás.

Las confesiones son moneda de cambio en Las últimas confesiones de Sylvia P. A través del libro Kravetz mezcla perfectamente hechos y ficción con el objetivo de llevar a los lectores a la periferia del mundo impenetrable de Sylvia Plath. La novela comienza con un descubrimiento: una colección de cuadernos grabados con las iniciales “V.L.” que parecen contener un borrador escrito a mano del trabajo más prominente de prosa de Sylvia Plath, La Campana de Cristal. Los capítulos escritos en el presente siguen el rastro del misterio del manuscrito desenterrado desde la perspectiva de Estee, un curador de una casa de subastas, la historia toma  lugar entre 1953 y 1958 siguiendo al doctor de Plath, Ruth Barnhouse en el hospital psiquiátrico; también sigue al compañero de clase de Plath y futuro poeta, Boston Rhode. Los capítulos que toman lugar en los años de 1950 están escritos en un estilo epistolario, consistiendo de porciones de los diarios del doctor Barnhouse y la carta confesatoria de Boston Rhode hacia su profesor, éstos capítulos contribuyen a la naturaleza de archivo de la obra. Kravetz hábilmente entreteje las tres narrativas, dividiendo la obra en “estrofas” en lugar de capítulos y dándole a cada personaje una voz y perspectiva única con el mismo peso.

Los leectores que están familiarizados con la biografía de Plath4 reconocerán los nombres de los personajes a través de la novela mientras Kravetz convierte en ficción el muy real pasado: Dick Norton (la inspiración para en La Campana de Cristal, Buddy Willard), la madre de Plath, Aurelia y Ted Hughes (el esposo de Plath en combate) aparecen en las páginas. Respecto de la versión ficticia del personaje del mismo Plath, Kravetz la trata con respeto y un ligero toque: no es sensacionalista ni un espectáculo. Sylvia se mantiene como un poeta enigmática y ambiciosa, dividida entre una vida domesticada y una vida como escritora.

Posicionar el personaje de Plath en los márgenes de la narrativa de esta novela no es sólo una decisión apropiada sino que necesaria. Ella es constantemente el tema de conversación y sólo ocasionalmente la que está conversando. Ésta táctica reconoce su estatus de celebridad literaria sin tomar el riesgo de caracterizar erróneamente su persona. En La Campana de Cristal, Plath transforma su vida en literatura: sus propias experiencias son apenas visibles en sus páginas. Ésto- y la naturaleza confesional de su poesía- tienen como efecto entrelazar su escritura con su vida propia. Los lectores del trabajo de Plath constantemente sienten que la conocen personalmente y a la misma vez no la conocen. Kravetz simula está dinámica en su novela: los tres protagonistas intentan entender a Sylvia de diferentes formas- ya sea compitiendo con ella, ayudándola, o descifrando su pasado. Al final, sin embargo, todos terminan sólo con fragmentos de ella y proyecciones de si mismos.

Mientras la prosa de Plath es el punto principal de la narrativa del presente en la novela, la poesía es lo que lleva la trama del pasado. El doctor Barnhouse observa el proceso creativo de Sylvia a través de su hospitalización y tratamiento mientras Boston Rhodes funciona como compañero de clase y competencia. La novela contiene numerosos fragmentos de la poesía ficcional de Rhode, que influye en la prosa con un lirismo crucial, correspondiendo a explorar la escritura confesional. Líneas como: “La historia y el pasado de uno son como amantes. Ambos son mentirosos”, invoca y sutilmente comenta sobre e inmortaliza la legacía de Plath.

Las últimas confesiones de Sylvia P., es un misterio. Sin embargo, el manuscrito de La Campana de Cristal que disfraza el verdadero rompecabezas de las vidas entretejidas de los tres narradores de la novela y las formas en que Sylvia P. los influenció a todos ellos mediante su presencia y su poesía. La novela se posiciona no sólo por el valor monetario que ponemos en la última creación de ficción del artista, sino también por el valor incuantificable en la fuente no ficticia de esa creación: crear es -ultimadamente- confesar.

  1. Kravetz is also the author of two nonfiction books: Strange Contagion and Supersurvivors.
  2. For admirers of The Bell Jar, I recommend Elizabeth Winder’s Pain, Parties, Work: Sylvia Plath in New York, Summer 1953.
  3. Kravetz es también autor de dos libros que no son de ficción: Contagio extraño y Super sobreviviente.
  4. Para los admiradores de La Campana de Cristal, les recomiendo Dolores, Fiestas y Trabajo: Sylvia Plath en Nueva York, verano del 1953 por Elizabeth Winder.
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